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Recital de la Orquesta Sinfónica Nacional contó que la participación del maestro británico Stefan Asbury en el Gran Teatro Nacional
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FOTO: GRAN TEATRO NACIONAL

Una nota de nuestro amable colaborador
FERNANDO CERNA ROCCA

En aquel invierno de 1866, cuando el joven Tchaikovsky se encontraba escribiendo su primera sinfonía, él creyó que nunca la terminaría en vida. Por otro lado, Brahms tardó por lo menos catorce años en componer también su Sinfonía N° 1. Ambos compositores, rigurosos en su trabajo, pero aún sin encontrar un estilo propio y criticados por aquella inmadurez musical, finalmente rompen con tales paradigmas después de finalizar cada uno su propia obra. 

FOTO: GRAN TEATRO NACIONAL

“Dos testimonios musicales” es eso: Una declaración por parte de ambos compositores, a través de dos propuestas distintas, que imponen personalidad y escenarios llenos de colores. La cita a la que fuimos partícipes - el pasado viernes 23 de noviembre - fue llevada a cabo por la Orquesta Sinfónica Nacional y conducida por el director británico Stefan Asbury. 

Una vez iniciado el concierto en el Gran Teatro Nacional, el frío se trasladó inmediatamente al escenario, presagiando el comienzo de “Sueños de Invierno”, la Sinfonía n° 1 de Piotr Tchaikovsky. El sonido nace sutilmente, muy cuidadoso y advirtiendo un paisaje tranquilo. De repente, la intensidad aumenta y la fuerza de los violines se une para soplarnos como ventiscas gélidas y estrepitosas. Durante este primer movimiento, las emociones y los colores florecen de arriba hacia abajo. Nos hace entender que estamos ante el inicio de un invierno implacable. 

FOTO: GRAN TEATRO NACIONAL

En el siguiente movimiento, Tchaikovsky nos transporta a un lugar más desolado. La niebla cubre el escenario mientras los instrumentos de la orquesta convergen para darnos un sonido más romántico y melancólico. Un vals se aproxima para los siguientes movimientos y poco a poco los colores resurgen nuevamente. El conductor extiende los brazos y mueve sus manos delicadamente, cual ser capaz de cambiar las leyes de la naturaleza. Hace caer nieve y todo se cubre. El sonido se hace más carismático, pero sutilmente intrigante. La primera sinfonía de la noche acaba majestuosamente con una amalgama de tonalidades. El invierno es crudo, pero colorido; intenso, pero tranquilo y uniforme.

FOTO: GRAN TEATRO NACIONAL

La siguiente pieza musical, la Sinfonía n° 1 de Johannes Brahms, empieza sobrio y omnipotente. Es menos intuitivo, a comparación de Tchaikovsky. El miedo que puede llegar a producir a través del cambio de intensidad es abrumador y la técnica impecable. A pesar de ser considerada esta obra como la Décima Sinfonía de Beethoven, debido a su gran similitud con la obra de este último, Brahms busca reafirmarse con su propio sello al mostrar este testimonio musical al mundo. 

Ambas sinfonías atestiguadas esa noche, son la prueba de que la música como en la vida misma, constantemente nos pone a prueba para demostrar; en el caso de Tchaikovsky, que la intuición nos convierte en almas libres; y en el caso de Brahms, para demostrar que el esfuerzo nos crea una identidad propia. 

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